|
Lecciones "escondidas"
de la primera Pascua
Al
acercarnos cada año a la Pascua de Dios, es provechoso repasar la
historia de la primera Pascua que celebró Israel, en la que vemos
lecciones muy significativas para nosotros.
Sin
defecto:
Los israelitas tenían que escoger un cordero sin defecto, esto es, sin
mancha, sin contaminación y perfecto (Éxodo 12:5). Este cordero
representaba el futuro sacrificio de Cristo, quien fue perfecto, sin
defecto, particularmente en el sentido espiritual. Así que él fue el
sacrificio perfecto por los pecados de la humanidad.
Esto
se aclara en 1 Pedro 1:18-19: “Sabiendo que fuisteis rescatados de
vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no
con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de
Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación”.
El
cordero tenía que ser de un año, cuando estaba en la flor de la vida.
Vemos que Cristo mismo murió a la edad de 33 años, un sacrificio
inocente ofrecido en la flor de la vida.
No
para ser pisoteada:
Luego la sangre del cordero tenía que ser untada estricta y
cuidadosamente en ambos lados y parte superior del marco de la puerta
(Éxodo 12:7). Los israelitas no aplicaron la sangre abajo, en el umbral
de la puerta.
La
sangre simbolizaba la sangre de Jesucristo y no podían haberla
“pisoteado” pasando sobre ella. Esto se enfatiza en el plano espiritual
en Hebreos 10:28-29: “El que viola la ley de Moisés, por el testimonio
de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo
pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios . . . ?”
Dentro de la casa:
Cada familia de israelitas tenía que comer el cordero dentro de su casa,
con la sangre untada en la puerta. Estando dentro de las casas, estaban
protegidos de la muerte.
De la
misma manera, quienes se encuentran dentro de la casa de Dios —su templo
y su iglesia, que incluye a todos los que tienen el Espíritu Santo—
serán protegidos de la segunda muerte. Si continuamos en la fe y somos
guiados por el Espíritu Santo, entonces el sacrificio de Cristo hará
posible que recibamos el don de la vida eterna.
Asado, con panes sin levadura y con hierbas amargas:
Podían comer el cordero únicamente después de haberlo asado al fuego,
junto con panes sin levadura y hierbas amargas (Éxodo 12:8).
El
asado al fuego simbolizó a Cristo dándose completamente por el hombre.
Se comía con panes sin levadura porque Cristo era perfecto y sin pecado;
por lo que el pan tenía que ser sin levadura (simbólicamente sin
pecado).
Las
hierbas amargas le recordaban a Israel lo que había sufrido durante su
esclavitud en Egipto. Su servidumbre fue en verdad amarga, pero también
simbolizaba la “esclavitud al pecado”, que ellos estaban dejando y del
que nosotros salimos y debemos mantenernos libres.
Un
sacrificio total:
El “asado al fuego” abarca todas las partes del cordero: los órganos
internos, los intestinos, todo (Éxodo 12:9). Esto representaba el
sacrificio total y completo de Cristo.
El
cordero debía ser consumido completamente. Cualquier parte que no se
hubiera comido tenía que ser quemada al fuego. De esa manera ninguna
parte del cordero estaría sujeta a descomposición o corrupción, así como
el cuerpo de Cristo no vio corrupción (Hechos 13:36-37).
Preparados para salir:
Los israelitas tenían que estar completamente preparados para salir de
Egipto, el único mundo que habían conocido (Éxodo 12:11). Ahora tenían
que confiar en Dios y vivir por sus leyes y no mirar atrás hacia Egipto.
Para nosotros el significado es claro: salir de este mundo y nunca mirar
hacia atrás.
Esa
primera Pascua contiene lecciones poderosas para nosotros. Hoy, los
símbolos de la Pascua han cambiado, pero las lecciones de la primera
Pascua nos dan un significado y apreciación más grandes de la magnitud
del sacrificio de Cristo por nosotros, al igual que por muchos miles de
millones que nunca le conocieron ni le conocerán hasta el milenio y el
cumplimiento del Último Gran Día.
Estas
lecciones simbolizan lo que Dios requiere todavía de su pueblo. Dios
verdaderamente es el mismo, ayer hoy y siempre.
—Joseph Sheperd

Lo que signica
celebrar la Pascua
de manera indigna
Examinemos lo que significa tomar la Pascua indignamente
y profanar el cuerpo y la sangre del Señor.
La
Pascua conmemora la muerte de Jesús y nuestra liberación del pecado. Es
la ocasión más solemne y sagrada del año. Jesús nos dio un ejemplo y un
mandato: “Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió,
y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y
tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de
ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es
derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:26-28).
Debemos hacer esto cada año como Cristo lo hizo, en la Pascua, comiendo
el pan y bebiendo el vino en memoria de él (1 Corintios 11:24-26).
¿De
manera indigna?
Pero
Pablo añade: “Por lo tanto, cualquiera que coma el pan o beba de la copa
del Señor de manera indigna, será culpable de pecar contra el cuerpo y
la sangre del Señor” (1 Corintios 11:27, Nueva Versión Internacional).
Este
versículo no está hablando acerca de que algún miembro de la iglesia sea
digno o indigno de celebrar la Pascua. Está hablando acerca de la
manera en que lo hacemos. Satanás trata de engañarnos y hacernos
creer que no somos dignos de observar la Pascua. Pero no nos dejemos
engañar. Ninguno de nosotros puede ser digno de la gracia y el amor de
Dios. Pero Cristo voluntariamente sacrificó su vida para que pudiéramos
ser tenidos por dignos. Si usted ha sido bautizado y tiene el santo
Espíritu de Dios, es digno y se le ordena celebrarla.
Sabemos que Jesús dio su vida para que pudiéramos ser perdonados. Sufrió
una horripilante golpiza para que pudiéramos ser sanados (Isaías
53:4-5).
Nosotros debemos discernir “el cuerpo”. “Porque el que come y bebe sin
discernir el cuerpo, come y bebe su propia condena” (1 Corintios 11:29,
NVI). Debemos tener una reverencia apropiada por el sacrificio del
cuerpo de Jesús.
El
cuerpo también representa a la iglesia
Recuerde que el cuerpo de Jesús representa también a la iglesia
(Colosenses 1:24; Romanos 12:5). “Porque así como el cuerpo es uno, y
tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo
muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. Porque por un solo
Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos,
sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo
Espíritu” (1 Corintios 12:12-13).
Como
miembros del Cuerpo de Cristo, ¿cómo debemos tratarnos los unos a los
otros? Cristo nos dijo: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos
a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (Juan
13:34).
Así
pues, ¿cómo nos tratamos unos a otros? Cristo aborrece a los que
siembran discordia entre los hermanos (Proverbios 6:19). Antes de la
Pascua es un momento oportuno para examinarnos a nosotros mismos: ¿Hay
odio y división entre nosotros? ¿Hay algún miembro de la iglesia a quien
no ama usted? “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano,
es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo
puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este
mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Juan
4:20-21).
Cristo nos dice que nos juzguemos o que nos examinemos a nosotros
mismos. ¿Hay alguien en la iglesia contra quien guardamos rencor? ¿Nos
odiamos y nos devoramos unos a otros? Si es así, no sólo estamos pecando
unos contra otros, sino que también estamos pecando en contra del mismo
Cuerpo de Cristo, puesto que la iglesia es el Cuerpo de Cristo,
compuesto de los llamados, los que tienen su Espíritu Santo.
No
debemos hablar mal los unos de los otros. “Hermanos, no murmuréis los
unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano,
murmura de la ley y juzga a la ley . . . pero tú, ¿quién eres para que
juzgues a otro?” (Santiago 4:11-12).
Si no
nos amamos unos a otros, quebrantamos la ley y pecamos en contra de
Cristo (1 Corintios 8:12).
En
resumen
Vemos
entonces que Cristo nos dice que no celebremos la Pascua de una manera
indigna, sino que tengamos una reverencia apropiada por el cuerpo y la
sangre de Cristo.
Debemos juzgarnos y examinarnos a nosotros mismos. No debemos juzgarnos
los unos a los otros ni guardar rencor, porque al hacerlo pecamos contra
Cristo y su Cuerpo, que es la iglesia.
Recuerde que Cristo murió por nosotros. Derramó su sangre para que
pudiéramos ser perdonados y nos reconcilió con Dios el Padre. Si hemos
pecado, este es el tiempo de arrepentirnos de esos pecados,
especialmente de los pecados en contra de unos y de otros (Mateo
18:15-17).
Cristo dice que nos debemos juzgar, no sea que incurramos en juicio
(1 Corintios 11:29-31).
¿Qué
sucede cuando incurrimos en juicio? ¿Quién es el que juzga?
“Mas
siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos
condenados con el mundo” (1 Corintios 11:32). “Por lo cual hay muchos
enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen” (1 Corintios
11:30).
Como
podemos ver, celebrar la Pascua indignamente y pecar contra el Cuerpo de
Cristo (la iglesia) puede traer consecuencias serias. Pero aun en el
castigo, Cristo nos ama tanto que nos salva, mediante el castigo, de ser
condenados juntamente con el mundo.
—Vern Kardell

Percepción espiritual
Satanás es el maestro en cegar a la gente. Por tanto, necesitamos tener
sentidos espirituales penetrantes para evitar el pecado y pensar más
como Jesucristo.
La
mayoría de los humanos tienen cinco sentidos físicos que les ayudan a
sobrevivir y a evitar daños físicos. Para evitar daños espirituales,
necesitamos desarrollar sentidos espirituales tan sensibles como los
sentidos físicos.
El
pecado acarrea dolor físico y espiritual, tanto para nosotros como para
todos a nuestro alrededor. Por tanto, parece razonable que si entendemos
cómo ocurre el pecado podemos desarrollar sentidos espirituales para
evitarlo en nuestra vida.
Hay
patrones claros de pensamiento y conducta que conducen al pecado. A
medida que los reconozcamos, podremos reflexionar sobre nuestra lucha
personal contra el pecado y preguntarnos si hemos sido enlazados por
estos patrones.
Acán y David
Considere el ejemplo de Acán en Josué 7:21. Él codiciaba las posesiones
físicas. Después de codiciar ciertos objetos, los tomó y los escondió en
su tienda. El versículo 25 describe el castigo que sufrió.
Un
segundo ejemplo se encuentra en 2 Samuel 11:2-4. Debido a que éste tiene
que ver con el rey David, un siervo de Dios, podemos entender que no
importa lo alta que sea la posición que ocupemos, el pecado está siempre
a la puerta.
El
rey vio a una hermosa mujer que se bañaba. Después de permitirse detener
sus pensamientos en lo que había visto, envió a alguien a buscarla y
cometió pecado con ella. Afortunadamente, David se arrepintió, pero el
castigo por su pecado se describe en 2 Samuel 12:10-14.
Un
patrón de cuatro partes
Podemos identificar un patrón de cuatro partes en estos dos pecados:
Primero está la actividad de los sentidos, la cual a todos nos afecta
todos los días. Lo que debe aprender es notar de inmediato cuándo su
armadura espiritual ha sido traspasada. Luego cambiar el tema, o el
canal, o lo que esté haciendo. No vacile. Simplemente cambie tan
automáticamente como lo haría al aplastar un mosquito.
Enseguida viene el deseo. Eso ocurre si no cambia lo suficientemente
rápido. El deseo es muy persuasivo y pronto se convierte en un deseo
ardiente si no lo eliminamos de inmediato.
La
tercera parte es la acción. Para cuando llegamos a la parte tercera,
solamente nos podemos detener si sabemos que el Padre va a estar
terriblemente desilusionado con nuestras acciones. Pero la naturaleza
humana trata de no pensar acerca de Dios en una situación así.
La
última parte es el castigo.
¿Qué
podemos aprender acerca de este proceso?
El
castigo
Empecemos con el castigo. El fundamento para vencer el pecado es el
arrepentimiento. Cuando el rey David se enfrentó finalmente a la
realidad de su transgresión, se arrepintió (2 Samuel 12:13). Aun así,
Dios dejó que David sufriera un serio castigo físico: la pérdida de su
hijo.
Y
David no fue el único que sufrió. El principal consejero de David era un
hombre llamado Ahitofel. Hoy diríamos que Ahitofel era el jefe de estado
mayor.
¿Sabía usted que Ahitofel era el abuelo de Betsabé? El padre de Betsabé
era Eliam, y Eliam era el hijo de Ahitofel (2 Samuel 23:34; 2 Samuel
11:3). ¡Él sabía que el rey había cometido adulterio con su nieta y
sospechaba que también había tramado la muerte de Urías en el campo de
batalla!
Ahora
usted puede ver por qué Ahitofel se unió al príncipe Absalón en su
intento de derrocar a David. Ahitofel le dijo a Absalón cómo derrotar a
David y le instó a que lo hiciera inmediatamente, pero Absalón actuó de
acuerdo al consejo de otro asesor en lugar del de Ahitofel. Ahitofel
sabía que Absalón iba a perder y que todos los que estaban con él serían
ejecutados por traición. Él se había aliado con el joven príncipe; por
tanto, se ahorcó.
Entonces, el pecado de David ¿les causó daño a otros y no sólo a él?
¡Por supuesto! ¡Y nadie sabe cómo afecto todo eso a Betsabé! David tuvo
que arrepentirse por mucho más que el adulterio. (La reacción de David
con respecto a la traición de Ahitofel se encuentra en el Salmo 55.)
La
acción
Veamos ahora la fase de la acción en esta ecuación. La mayoría de
nosotros que somos cristianos estamos penosamente conscientes de
nuestras faltas y frustrados acerca de cómo cambiar nuestra conducta. Si
David hubiera tan sólo codiciado y no hubiera hecho nada con Betsabé,
sólo habría incurrido en la pena de muerte. Luego, al arrepentirse, sólo
él y Dios habrían sido lastimados por el deseo ilícito.
El
deseo
¿Qué
clases de información estamos permitiendo entrar en nuestra mente? ¿Qué
es lo que vemos en la televisión y en las películas? ¿Qué imágenes y
conceptos están transmitiendo nuestros ojos a nuestra mente debido a lo
que leemos en libros y revistas? ¿Qué es lo que estamos observando en la
pantalla de nuestro computador? ¿Qué estamos aprendiendo de lo que
escuchamos en el radio o en los discos compactos? ¿Qué clase de
conversaciones estamos escuchando? ¿Nos damos cuenta de que la
pornografía es adictiva y que impide la capacidad de la persona para
tener sanas relaciones interpersonales?
Todos
los días nos acosan las tentaciones, y aun Jesús tuvo algunas. ¿Se
acuerdan de la tentación en el desierto? Después de haber estado
ayunando por 40 días y 40 noches, la Biblia dice: “Tuvo hambre”.
¡Esta
es una tremenda subestimación! Es posible que estuviera cerca del punto
en que su salud fuera perjudicada permanentemente. Sin embargo, podía
recordar el aroma del pan recién horneado, y Satanás se valió de eso
para tentarlo a que convirtiera las piedras en pan. Pero su respuesta al
diablo fue, en efecto: “Yo pertenezco a Dios, y él me alimentará cuando
quiera hacerlo”.
Vemos
aquí que el ayuno ayudó a Cristo a resistir las tentaciones de Satanás.
El ayuno es un recurso que podemos utilizar para reordenar nuestras
prioridades.
Tiempo de retroceder y de desviarnos
Todo
lo que podemos hacer es aprender a retroceder cuando somos asediados por
una tentación y desviarnos de ella antes de que se convierta en un
deseo. Si no detenemos el ciclo vicioso en el momento de la tentación,
tendremos una oportunidad más, cuando se convierta en deseo. Y una vez
que se convierta en acción, alguien será lastimado, aunque nos
arrepintamos con muchas lágrimas.
¡Nos
hemos comprometido a buscar el Reino de Dios! Necesitamos tener la
percepción espiritual para ver ese reino.
—Jim Smith

Libertad por medio del perdón
El 7
de diciembre de 1941, Joe Morgan adquirió un odio profundo en contra de
los japoneses. Como soldado de aviación en pertrechos de guerra, estaba
estacionado en Pearl Harbor, Hawái, y experimentó el bombardeo
devastador que los japoneses llevaron a cabo ese día. Durante tan
pavoroso evento, él prometió: “Dios, si me libras de esto, seré un
predicador”. Él cumplió su promesa y después de la guerra fue capellán
en la marina. Sin embargo, nunca perdonó a los japoneses.
Años
después, Joe Morgan asistió a una convención de sobrevivientes. El
orador invitado fue el comandante Mitsuo Fuchida, jefe del asalto aéreo
a Pearl Harbor. Después de la guerra, Fuchida se convirtió al
cristianismo y llegó a ser un ministro. Después del discurso de Fuchida,
Joe Morgan se le acercó cautelosamente para decirle: “Yo soy un
sobreviviente”. En su sitio en Internet se describe lo que sucedió en
seguida:
“Fuchida dijo en japonés: ‘Gomenasai’ (Lo siento). Luego en
inglés dijo: ‘Perdóneme, por favor’. Él extendió su mano para estrechar
la mía. ¡En el instante en que nuestras manos se tocaron, desaparecieron
todo el odio y enemistad hacia él y su país! ¡Dios reemplazó esos
sentimientos con perdón!” El comandante se disculpó por sus acciones.
Los años de enojo y odio se habían desvanecido, y Joe Morgan perdonó (www.joemorgan.org/pages/phstory8.html).
Mi
esposa y yo escuchamos esta historia hace varios años durante la Fiesta
de los Tabernáculos en Hawái. Visitamos el centro conmemorativo del
buque de guerra USS Arizona, en el que Joe Morgan servía
voluntariamente una vez por semana. Al darle las gracias, yo le dije:
“La clase de perdón de la que habla usted requiere ayuda divina”. De
inmediato me respondió: “¡Tiene usted toda la razón!”
Más
tarde, parados dentro del monumento conmemorativo blanco construido
sobre los restos enmohecidos del Arizona, de cuyas entrañas
salían grandes burbujas de aceite, yo reflexioné en sus palabras.
Joe
Morgan encontró libertad en el perdón. ¿La ha encontrado usted? ¿La he
encontrado yo?
Todos
nosotros hemos sido lastimados en la vida. Cada uno de nosotros ha sido
torpedeado o nuestra embarcación se ha hundido. Y si somos honrados,
tenemos que reconocer que nosotros hemos lastimado a otros en alguna
ocasión, ya sea por accidente o hasta con malicia. Todos nosotros hemos
dejado caer una o dos bombas. Yo lo he hecho. En realidad, la razón por
la que he compartido esto es porque a mí me era difícil perdonar, tanto
a otros como a mí mismo. Pero con la ayuda de Dios, estoy venciendo esta
debilidad, y Dios quiere que usted encuentre la misma libertad.
Sin
el perdón, las bombas y torpedos de la vida —los accidentes, errores,
daños y pecados— pueden endurecernos. Nuestra vida puede terminar siendo
una sepultura como lo es el Arizona, un casco destrozado y
quemado, con huesos de muerto en su interior y una fachada blanqueada
sobre él, exactamente como Jesús describió a los fariseos en Mateo
23:27.
Pero
eso no es lo que Dios quiere para usted y para mí. Él nos llamó a
libertad, no a esclavitud. Así lo dice en Juan 8:32: “Y conoceréis la
verdad, y la verdad os hará libres”.
Dios
nos ha perdonado, y él espera que nosotros perdonemos también.
Jesucristo lo dijo en Mateo 18:22-35. El señor en esta parábola se
disgustó muchísimo con el siervo que no le perdonó a su consiervo. El
versículo final es especialmente punzante, y debemos prestarle atención:
“Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de
todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas”. Jesús también advirtió:
“Si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os
perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:15).
Perdonar es muy sencillo, y sin embargo, en ocasiones es muy difícil
(Lucas 17:1-4). Es tan positivo, y sin embargo, algunas veces está
positivamente fuera de nuestro alcance.
No
obstante, esto es lo que se espera que hagamos, porque es lo que Dios ha
hecho por nosotros. Por eso es que se necesita la ayuda divina para que
podamos perdonar de corazón.
Debido a que el perdón es un asunto del corazón, él nos da una promesa
en 1 Juan 3:20: “Pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro
corazón es Dios”. Dios y Jesucristo conocen nuestra flaqueza humana y
están dispuestos a ayudar a cambiarnos para hacer lo que se espera, si
es que estamos dispuestos a perdonar.
Perdonar es una elección diaria; podemos hacerla cuando oramos por otros
o por nosotros mismos. Perdonar es también una lección que se nos
recuerda muy especialmente en la Pascua. Con la Pascua que se aproxima,
el perdón y la necesidad de perdonar a otros son temas de actualidad
para cada uno de nosotros.
El
perdón es también un tema principal para el futuro, cuando todos los que
han ofendido y han sido ofendidos encontrarán finalmente libertad en el
perdón: alemanes y judíos, negros y blancos, palestinos y judíos,
amerindios e conquistadores blancos, hombres y mujeres, todos finalmente
van a encontrar la libertad del perdón del que es un ejemplo inspirador
Joe Morgan. Al respecto, él dijo: “Descubrí ese día el secreto para la
paz mundial”.
El
ejemplo de Joe Morgan me inspiró a comenzar a hacerle frente y a superar
mi debilidad, y confío en que su historia tenga un resultado similar en
usted. Si Jesucristo está viviendo su vida en usted y en mí, entonces
estaremos logrando un progreso tangible, estaremos encontrando la
libertad verdadera en el perdón.
Esta
es la promesa de Jesucristo: “Si perdonáis a los hombres sus ofensas, os
perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial” (Mateo 6:14).
Joe
Morgan murió en el año 2002. Yo me comuniqué con su hijo Rob y compartí
con él la manera en que el encuentro con su padre me había inspirado. En
enero de este año, al darme permiso para compartir la historia de su
padre, escribió:
“Su
sitio en Internet y su video continúan contando su historia y cambiando
vidas. Yo todavía comparto la historia de mi papá como un ejemplo
maravilloso de cómo el perdón surte efecto”.
Joe
Morgan encontró libertad en el perdón. Su vida es un ejemplo para usted
y para mí de cómo podemos encontrar la libertad verdadera. ¿Podremos
también nosotros aprender a perdonar?
—John Fox

Descargue estos
artículos en formato pdf
 |