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Lectura Bíblica de hoy:  Génesis 17

Tópico: La circuncisión; profecía sobre la futura grandeza

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Biblia RV-1960

 
 

Lectura Bíblica

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Génesis 45
Génesis 46-47
Génesis 48
Génesis 49:1-28
Génesis 49:29-50:26

 

Circuncisión; nombres nuevos; futura grandeza (Génesis 17)

Otra vez, las promesas a Abram fueron ampliadas, en esta ocasión hasta incluir una multitud de naciones y reyes. Como señal de este pacto con los descendientes de Abram, Dios ordenó la circuncisión, una señal visible en la carne de todo varón israelita que fuera parte de la familia con la que Dios tenía una relación especial y para la que Dios había designado una misión especial. Todo varón debía ser circuncidado al octavo día de nacido. Es interesante notar que el nivel de vitamina K (el principal factor para la coagulación de la sangre) en los niños recién nacidos experimenta un notable incremento a partir del momento del nacimiento, hasta alcanzar su máximo nivel en el octavo día; después, vuelve a declinar hasta alcanzar el nivel normal. Es probable que ni Abram ni los israelitas supieran esto, pero Dios sí lo conocía muy bien.

En Génesis 17 encontramos el cambio de nombres de Abram y Sarai. Hasta Génesis 16 encontramos en las Escrituras los nombres recibidos al momento de su nacimiento: Abram, que significa "padre exaltado", y Sarai, que significa "princesa". Pero en Génesis 17 Dios les da nombres nuevos. Abraham significa "padre de una multitud" y Sara, que sigue reteniendo el significado de "princesa", pero con un grado mayor de honor (es derivada de la misma palabra que aparece en Isaías 49:23, traducida como "reina"). Es interesante notar que los nuevos nombres difieren de los antiguos Abram y Sarai por la adición de una sola letra en hebreo, la letra he, que al pronunciarse suena parecido a una respiración, a una expulsión corta de aire, y con frecuencia es símbolo del Espíritu Santo. Aunque tal vez no sea muy significativo este hecho, el convertirse en una nueva persona y ser circuncidado es una representación de la conversión espiritual. De cualquier forma, no sabemos con seguridad si Abraham y Sara recibieron el Espíritu Santo en ese momento; de lo que sí estamos seguros es de que en algún momento lo recibieron (ver 1 Pedro 1:11)

porque ellos van a estar en el Reino de Dios, y sólo los convertidos podrán recibir tal honor (Romanos 8:9, 11). En este capítulo también es interesante la alusión que se hace a la futura grandeza nacional. Mientras las bendiciones nacionales fundamentales debían venir por medio de Isaac, Dios prometió que iba a hacer a Ismael una gran nación también (Génesis 17:19-21; 21:18). Ismael se convirtió en el padre de muchas naciones árabes, y el mundo ha visto un período de grandeza nacional árabe. El escritor norteamericano Louis L’Amour describió este período en su novela llamada The Walking Drum ("El tambor andante"), cuyo escenario transcurre en la Europa y el Asia del siglo 12: "En los 100 años que siguieron a la muerte de Mahoma en el 632, los árabes lograron llevar la espada del islam desde el océano Atlántico hasta el océano Índico, llegando a controlar la mayor parte de España, parte del sur de Francia, la isla de Sicilia, todo el norte de África y Egipto, toda Arabia, la Tierra Santa, Armenia, Persia, Afganistán y casi un tercio de la India. El imperio de los árabes fue más grande que el de Alejandro Magno o el de Roma . . . Con el chispazo de grandeza, los árabes llevaron la antorcha de la civilización por más de 500 años" (1984, pp. 171-172).

Consideremos ahora lo que esto iba a implicar para los descendientes de Isaac. Si para Ismael convertirse en "una gran nación" implicaba que su imperio iba a ser más grande que el de Roma, y preservaría la civilización durante la edad del oscurantismo en Europa, entonces consideremos lo que estaba reservado para los descendientes de Isaac, quienes serían unas grandes naciones y heredarían mayores bendiciones aún. ¿Han sido los judíos quienes han recibido semejante grandeza y honor? No. Aun en la actualidad, el territorio nacional árabe es muchísimo más grande que la tierra del moderno Estado de Israel, en una proporción de 540 a 1. Sin embargo, las increíbles promesas de Dios se han cumplido, tan sorprendente como parezca, en los descendientes modernos del patriarca José: el Imperio Británico y los Estados Unidos de América.

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